- Sí, necesito un cambio de aires, una vida nueva. Abandono mi rango de capitana y con ello mi barco, mi gran barco... - dije con un gran suspiro de preocupación.
- ¿Y dónde vas a ir si se puede saber?
- No muy lejos de aquí pero si en una tierra llena de oportunidades, aquí en thais me conocen demasiado.
- Echaré de menos nuestras charlas nocturnas, aquellas que parecían no acabar ¿es que tienes algo que no me hayas contado?
- No todo se lo cuento a todo el mundo. Entiéndeme. - Me puse seria. - No es el fin, Mi marido y yo vendremos de vez en cuando por estas calles a ver viejos amigos incluso a hacer negocios.
- Puedes contar conmigo para lo que quieras. - Dijo con aire despreocupado.
- Gracias.
Dejé la propina en la mesa y me largué. Comenzó a llover. Esperando en la plaza finalmente llegó el carruaje que me conduciría a venore, más tarde vinieron otros dos que me llevarían los paquetes.
Estuve toda la mañana empaquetando y poco a poco me ayudaban a subirlos al carruaje.
Le pregunté al conductor del primer carruaje si podía sustituir uno de sus caballos por el mío puesto que no quería dejarlo solo en thais, le ofrecí dejarlo en el establo hasta que regresase.
Mi caballo destacaba siempre entre los demás, era negro como la noche y su pelaje suave como la seda, lo tenía bien cuidado, su raza era percheron y con unos enormes ojos rojizos, hacían juego con los de su dueña. A pesar de lo imponente que era aquel caballo era dulce, sin embargo, su compañero se le notaba nervioso con la nueva presencia. Él era color canela y en sus ojos se le podía notar el cansancio que conllevaba su rutinario trabajo.
Terminados los preparativos me despedí de la gente del lugar, algunos parecían estar indiferentes (eso me llevó a tener más ganas de partir). Miré a mi alrededor, muchos recuerdos dejaba atrás: la casa de los guerreros, la plaza de thais, mi casa, la deseada casa de sparkiie e incluso me despedí del rey tibianus. Y en mi interior no paraba de preguntarme: ¿estoy haciendo bien en llevar a mi marido conmigo? El también ha vivido media vida en aquella ciudad.
Emprendimos la marcha. Pasamos las murallas, pude ver a lo lejos el monte esternum y un gran estruendo que me hizo entender que se trataba de un cíclope enfurecido, arrojaba piedras desde la ladera de la montaña.
Más adelante nos paramos en la casa de lubo, se hacía de noche y necesitamos un sitio para poder alojarnos. Él nos ofreció una buena cena y dio de beber a nuestros caballos, ya dicen las lenguas que lubo es un hombre hospitalario.
Después de la cena yo me quise quedar un rato con Portos, mi fiel caballo y aunque el no supiera nada del lenguaje humano yo le iba susurrando cositas en el oído:
- Shhh tranquiiilo, eres un caballo muy bueno -
Seguí susurrándole pero un ruido nos silenció, se escuchaban como las patitas de un animal se iban acercando. Era el perro de lubo. Nos quedamos mirando fijamente, el movía la cola. Su dueño me había contado historias muy tristes de aquel perro, no fue muy afortunada su vida antes de conocerlo, sus antiguos dueños lo dejaban morir de hambre y de tristeza.
Una vez salieron los primeros rayos del sol, tuvimos que partir en seguida, no pretendía abusar de la hospitalidad de un hombre tan bueno.
Y al fin nos acercábamos... a lo lejos en el horizonte, se podían divisar como densas nubes verdes de veneno salían del otro lado de la ciudad, provenían de la ciénaga de los trolls, era todo un espectáculo, sin embargo la ciudad estaba cuidadosamente limpia y podía oler el pan recién hecho de la panadería, la tienda de rosas acababa de abrir, el mercadillo de venore abría sus puertas y ya se podía escuchar el murmullo de la multitud, empezaba un nuevo día.

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